Milagro Eucarístico de Caravaca de la Cruz

Entre los muchos documentos que testimonian el Milagro, el de mayor autoridad es el testimonio de la época del padre Gilles de Zamora, franciscano e historiógrafo. 
Sabemos con certeza que un sacerdote, el padre Gínes Pérez Chirinos de Cuenca, se había dirigido hacia los moros del reino de Murcia para predicar el Evangelio. Fue capturado y conducido al rey moro Zeyt-Abu-Zeyt, quien le interrogó sobre algunos aspectos de la religión cristiana.
Particularmente, el rey se interesó por el significado de la Misa. El sacerdote hizo una larga explicación sobre la importancia de la Misa. Fascinado por la predicación del fraile, el rey ordenó que se celebrase inmediatamente una Misa. Ya que el sacerdote no contaba con lo necesario, algunos hombres del rey fueron al pueblo vecino de Cuenca, que era territorio cristiano, con el fin de traer todo lo necesario para la celebración.
Sin embargo, durante la Misa el sacerdote se turbó mucho cuando se dio cuenta que habían olvidado la cruz que va sobre el altar. El rey le preguntó cuál era el motivo de su turbación y el sacerdote explicó la razón. Pero el rey respondió: “¿no será aquella?”. En efecto, en ese momento, dos ángeles depositaron una cruz sobre el altar. El sacerdote dio gracias al Señor con gran conmoción y lleno de gozo prosiguió con la celebración. Pero el Milagro continuó. En el momento de la consagración, el rey contempló un bellísimo niño que apareció en vez de la Hostia y que lo miraba dulcemente. 
Después de todas estas manifestaciones milagrosas, el rey y su familia se convirtieron al cristianismo y fueron bautizados. Zeyt-Abu-Zeyt recibió el nombre de Vicente y su mujer, Elena. Desde aquel día, 3 de mayo de 1231, el lugar fue llamado Caravaca de la Cruz

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